Agosto 2018

    Se acerca el invierno. Los años hacen su trabajo: transcurrir. Y nosotros, que a veces nos empecinamos en hacer del tiempo un enemigo, deberíamos de saber ya, a estas alturas, que eso no es verdad. El tiempo hace lo suyo, con independencia de nuestros deseos, nuestros miedos, nuestras decisiones. Y nosotros sólo podemos vivir; vivir y sentir, sentir y decidir. Y esto último siempre lo hacemos.


A veces es difícil elegir, pero debemos. Debemos elegir entre lo que queremos y lo que de verdad nos conviene, por ejemplo. Y aunque es difícil elegir, en general, sabemos ya que la vida se compone de pequeñas y constantes decisiones. Algunas nos parecen irrelevantes, otras las tomamos casi de manera inconsciente, y hay otras tantas que incluso sobreestimamos, y deseamos de una manera casi infantil -cuando sentimos de cerca el temor que nos induce de manera natural la incertidumbre- que no supongan demasiados cambios en nuestra vida. Somos ridículamente resistentes a los cambios, aun cuando sepamos ya que los cambios son lo único que nos hace avanzar.


Al final, la realidad es que nuestras decisiones, lo queramos o no, adquieren con no poca frecuencia magnitudes de algún modo relevantes, y en el fondo sabemos que una a una, en una red desigual, pero equilibrada y constante en el tiempo, nos originan a su vez consecuencias no necesariamente proporcionales, que en el transcurso de nuestra vida, sólo se hacen perceptibles cuando, al fin, lo que ayer no fuera más que una pequeña parcela improbable de futuro, se viene a convertir en lo que hoy palpamos como el vástago presente de todas aquellas decisiones que un día tomamos, con mayor o menor voluntad, y con mayor o menor acierto.




5 de agosto, 2018                    

    Decisiones.


Te quiero decir que te quiero.

Pero es un quererte inmaduro.

Te quiero explicar que tengo miedo, porque todos los días te elijo.

Te elijo y nunca me había parado a pensar

-más que una única vez, en que me determiné a elegirte-

si eras buena o mala decisión. Porque te quise.

Te quise y no, como decía Benedetti, al que tanto he criticado.

Te quise para mí, con toda la posesividad que conlleva el deseo,

y que tanto rechazo. Pero te quise. Aunque en realidad debí decir:


        ‘nos he querido’.


Porque he estado deseando la imagen que conjeturé para un ‘nosotros’,

que hace parte de mi deseo, en mi cabeza, y que es diferente del tuyo.


Y, joder, cómo dolería pensar que al final, quizás no seas lo que necesito,

ni que tú me necesites a mí; porque no me adapte bien a tu deseo.


Pero es difícil dejar pasar y que ocurra lo que ocurra

porque incluso entonces estaremos tomando una decisión,

aunque sea la de no hacer nada al respecto.

Porque entonces difícilmente lograremos nunca lo que queremos

pero tampoco lo que nos conviene.


Y qué tal si nos seguimos conociendo, y ya veremos…

Pero aunque sería estupendo dejarlo así, en ese ‘stand-by’ infinito

en el que preferimos el deseo a su consecución

Yo te quiero dar un beso, cuando estoy contigo

y quiero tocarte la cara y acercarme a tus miedos,

y despedirme del mundo contigo, y saludarlo contigo.


Pero temo a ese juego, nos temo. Nos temo porque te querría y luego no sé,

soy tan incapaz de salir de mí mismo...

y siempre termino haciendo daño a las personas con las que lo intento.


Si preguntas no haces nada, pero ¿tú no te lo preguntarías?

Qué hacemos después, si nos descubrimos imposibles y ya nos hemos practicado…

Qué hacemos después 

si nuestros sueños no encajan, y aún queremos al otro en nuestras vidas.


Es el egoísmo que prohíbe el amor... el de querer llevarte a la otra persona contigo.



No hay amor 


sin equilibrio.



Comentarios